Un blog chapucista, de fumadores, y de derechas
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sábado, 20 de noviembre de 2010

El alteano mecánico

Ahí estaba yo; es decir, Chus, y mis tres drugos; o sea, Pablo, Aponia y Mostaza, que realmente tenía la piel de mostaza, sentados en el bar lácteo Tutum Revolutum, exprimiéndonos los rasudoques y decidiendo qué podríamos hacer esa noche. El Revolutum era un mesto donde servían cacaolat-plus, y quizá ustedes, oh hermanos míos, han olvidado cómo eran esos mestos, pero allí uno podía pitear el cacaolat con velocet o drencrom, lo que aseguraba unos buenos, tranquilos y joroschós quince minutos admirando a Sabina y el Coro Celestial de Ángeles en el pie izquierdo, mientras las luces te estallaban en el mosco; y era eso lo que estábamos piteando esa noche.

Debo decir que Vuestro Humilde Redactor se había ganado el derecho a un descanso. Por entonces hacíamos dos, tres y hasta cuatro monólogos por noche frente a un público en el que no faltaban bellas débochcas que slusaban atentamente mis palabras; y todos smecaban y hacían juuu juuu, lo cual me sentaba realmente joroschó, aunque uno a veces tenía la impresión de que aquellas risas eran gratuitas y que precisamente no smecaban con lo que más debían smecar. Muchos de los chelovecos que había en el Revolutum venían directamente de lo que llamaban Facultad de Bellas Artes o Artes Bellas; y entre todos formaban una pandilla realmente schuta, pues aaquí y allá se veían cabellos tintados de verde y camisas a la última moda, todo como muy llamativo y gronco. Y aquello, oh hermanos míos, no me gustaba; mucho menos a mis queridos drugos. Era cuestión de dejar que el drencrom serpenteara poco a poco hasta llegar a la golová, y entonces sentíamos la fuerza necesaria para poder ser de nuevo los amos de la naito y adentrarnos en una bonita sesión de ultraviolencia.

Al salir del Revolutum, videamos un veco realmente repulsivo. No quisiera contaros su nombre, mis hermanos, pues se trataba de un málchico de esos realmente odiosos y nadmeños, de los que no paran de exhibir sus cuadros y sus obras. Creo que había ganado algún premio de esos importantes, tan gordo que uno podría leerlo en las gasettas del lugar, y ahora pasaba las horas iteando por las callejuelas con unos aires de señor, explicando aquí y allá por qué su obra era tan buena y oh fíjense oh qué sensibilidad y demás grandilocuencias capaces de revolverle las tripas a cualquiera.
- ¿Alguno de ustedes tendría a bien ofrecerme unos acortantes? Quisiera seguir trabajando en mi fabulosa obra, pero por desgracia ando escaso de fondos y ni siquiera tengo para renovar mis botes de pintura.
El veco siguió hablando un buen rato, aunque me parecía que chumchum y chumchum era todo cuanto salía de su grasña rota. Eso fue así hasta que Pablo le agarró y le empujó contra la pared, donde pronto le tuvimos acorralados y la lluvia de tolchocos puso su rasudoque en orden. Cuando alcé la britba, un brillo como de fuego le apareció en los glasos y empezó a crarcar con verdadero rasrás.
- Vamos mátenme, hijos de puta, si eso es lo que quieren. Ya no tengo motivos para seguir dedicándome al arte; no en este podrido mundo.
- Bueno bueno bueno. ¿Y qué es lo que tiene de podrido? – le dije.
- Es un podrido mundo porque permite que los chapucistas golpeen a verdaderos artistas, y ya no hay gusto ni intelecto –crichaba muy alto y decía palabras realmente joroschós; amenazaba con sus puños y gritaba: - ya no es mundo para un pintor. Fíjense en mi cuadro. Vamos, fíjense. ¿Ven esos dos rombos del centro? ¿Y esas líneas que las cruzan? Apuesto a que ninguno de ustedes dedujo que esas figuras simbolizan la violencia doméstica. No, no lo dedujeron, porque con sus armas y sus golpes se dedican a destrozar el trabajo de genios como yo, ilustre servidor del arte que a punto está de convertirse en mártir. ¿Han oído hablar del cubismo? ¿Del op-art, siquiera? En mi anterior trabajo, titulado “musculación política”, tuve la brillantez idea de fusionar ambos estilos y…
Continuó moviendo la rota y diciendo yarbocladas y haciendo blerp blerp blerp hasta que Aponia levantó la usy, y entonces los cuatro nos abalanzamos sobre él, y el crobo rojo rojo muy pronto brotó que daba gusto, hermanos míos. Éramos los amos de la naito en Altea, y ningún puglio brachno lo podría negar aunque quisiera.

domingo, 24 de octubre de 2010

Fin de ciclo

ALTEA

Los minutos duelen,
pero nunca lo bastante.
Puedo (debo) sumergirme
si la pluma es lo bastante afilada,
si al fin calla la puerta de casa
y acuden a mi señal
las putas golondrinas.
Letra por letra,
caen sobre el cuaderno
fragmentos
de la mierda
que me rodea.
Justo cuando me pregunto
qué pensaría Él
(su fotografía en la portada,
su música en el transistor)
sobre el hipotético disparo,

BARCELONA

Su voz
hiende la pantalla.
Suave y precavida, diría yo,
como el apéndice
de un hilo de cobre;
aunque se empeña en ser
carbón y aceite.
Ah, mucho puede contarse
de un instante;
pero los valientes
nunca quisieron detalles.
Es hermoso contemplar
la muerte del anonimato,
y si me preguntaras
por qué merece la pena
estar hoy aquí,
cantaría para ti estas líneas
una vez más
.

jueves, 14 de octubre de 2010

XXI


Tengo de Pablo
la mitad de lo que tengo de Aponia,
y lo que Aponia tiene de Pablo
dobla lo que él tiene de mí.

En la tinta que fluye
de los vértices de esta figura,
germina un dulce filamento de vida.

Me recordáis
a esas voces
que cualquiera encuentra
en un final feliz.

Pero yo deseo
encontraros ahora.

domingo, 10 de octubre de 2010

marzo de Once


Y a pocos metros de allí, el mundo huye despavorido. Un fantasma en llamas arranca asientos, extingue paredes, aniquila el metal, evapora la carne, desmiembra el sentido de la realidad. El sonido desaparece, vencido por la magnitud de un apocalipsis químico desatado en el centro del vagón; una explosión que desfigura la materia a una celeridad que la conciencia humana es incapaz de comprender. Y entonces, un zumbido que rasga el aire. El chico tiene un aire culto y atrevido al mismo tiempo; la mira fijamente, casi una sonrisa perfilándose entre la caprichosa perilla, casi un virtual dibujo de una posibilidad de vida, visitas al cine, orgamos en la cama de los padres cuando están fuera, casa en el centro y niños. Surge el duelo en el lugar menos esperado: en la pared opuesta del vagón, a unas tres cabezas de distancia: es algo más joven que ella, pero el físico parece desmentirlo. Estirando el brazo tanto como puede, la muchacha alcanza la barra de apoyo y suelta el aliento en trémulas ráfagas mientras piensa, sí, vaya, el metro de Madrid a las 7 y media de la mañana, casi había olvidado cómo era: la mano masculina que furtivamente se desliza para rozar su muslo fingiendo inocencia; el rancio olor a agobio matutino, a la falta de tiempo para ducharse; el inútil desespero del conglomerado humano que se une en una inabarcable cópula en el vagón para, poco a poco, desarracimarse por las calles de Madrid; y sobretodo, una de sus sensaciones favoritas: el juego de los ojos, el calor de una mirada, esa tentación por devolverle la mirada a un extraño, ese extraño goce al violar ocularmente la intimidad de otro por un segundo. Las señales sonoras que avisan del inminente cierre de puertas se demoran un segundo más para permitirla llegar; acelera sus pasos por el andén y llega en el último instante con un salto casi desesperado, la masa compacta de pasajeros se desplaza un centímetro más al interior del vagón, las puertas se cierran. Ya ve al fondo las últimas piernas presurosas, el apuro del pasajero que se niega a perder una vez más ese tren de las ocho y diez. Mientras baja las escaleras mecánicas tan rápido como puede, piensa tenía que ser jueves, justo, no miércoles con la puñetera gramática, otra vez a entrar de pronto en clase y todos levantando la cabeza para ver quién ha llegado tarde como siempre , el billete se le escurre de entre los dedos y casi lo ve desaparecer por entre los estrechos huecos entre sección y sección móvil de la escalera. Se da cuenta de que el día es, de algún modo, prematuro: el sol se ha levantado como si tuviera prisa por llegar al mediodía, la humedad en el aire avisa de un verano que también quiere adelantarse, sortea el tráfico al cambiar de acera en la calle de Santa Isabel porque sí, también todos quieren llegar al trabajo antes que nadie. Justo antes de cerrar la puerta de casa, se detiene un segundo y vuelve la cabeza hacia el interior, mamá, que no te preocupes, ya lo llevo yo al taller esta tarde, nadie se va a morir por coger el metro. Se despera al comprobar que el coche no arranca: ya tuvo bastante con lo de anoche como para encima tener que empezar así el día.

martes, 29 de junio de 2010

Teoría del movimiento

Llevo años soñando con Tailandia. Esta imagen -llámese fantasía, inquietud o deseo- me sigue resultando inexplicable. Ni siquiera sé mucho del lugar: prefiero situarme desde el principio en la ignorancia y, una vez allí, descubrir qué tienen esas tierras para ofrecerme; lo contrario supondría acudir al lugar con una visión preconcebida, lo que con toda seguridad deterioraría la experiencia.

Y es que el pensamiento occidental lleva siglos arrastrando una molesta cojera: necesitamos teorizarlo todo. La pesada herencia del siglo de las luces prosigue su labor de convertirnos en esclavos de la racionalidad. Si bien el conocimiento y la información son indispensables, no lo son menos el instinto y la experiencia. Hay que cultivar la mente tanto como se cultiva la pasión. Creo que los autoproclamados expertos en arte, por ejemplo, son a menudo incapaces de disfrutar una película o un pase de teatro como se debería, porque ya no están dispuestos a recibir la experiencia sin procesarla a través de un engorroso filtro analítico, ni someter lo visionado a un esquema crítico-estructurativo que roza el automatismo. No puedo evitar sentir algo de lástima por mí mismo cuando me descubro pensando meditando una decisión; meditando sin más, como si no pudiera entender que un pensamiento carece de valor si no va acompañado de un movimiento. Incluso la más rigurosa y detallada de las teorías termina convertida en polvo si no va sucedida por una consiguiente aplicación práctica.

Aplaudo en cambio y los valientes y aun a los imprudentes. Me maravilla la clase de individuo que no consume su tiempo pensando en el mañana, porque de este modo obtienen un valioso espacio para dedicar al ahora. En el otro extremo encontraríamos a quienes anclan su pensamiento en el ayer, lo que desafía la propia naturaleza del hombre y no logra a cambio más que un lastimero estancamiento. Adoro las historias sobre decisiones drásticas, sobre pasos arriesgados, sobre el riesgo. Crónicas como la de Henry Miller, cambiando una aburrida estabilidad en América por una odisea miserable en Europa; o como la de Juan Marsé, escribiendo novelas sabiendo perfectamente que la dictadura franquista jamás permitiría su publicación. Para estos y otros individuos, el mañana no relucía precisamente con el color del sol; sin embargo, una intensa pulsación los arrastraba a un movimiento a todas luces desaconsejable, y no dudaron en ponerse a prueba sin elaborar un esmerado -e inútil- balance de pros y de contras. Actuaron, sin más. Y "actuar" es una palabra que el hombre moderno olvida con demasiada frecuencia.

Por mi parte, y sin desechar la oportunidad que ofrece mi entorno para adquirir conocimiento e información, no pienso invertir mucho tiempo trazando círculos en torno al che será. El agua del mar, en toda su peligrosa gelidez, sienta mucho mejor con una zambullida directa. En la distancia, incontables sueños se desesperan exhalando su embriagador aroma; es inútil preguntarse si se debe o no. La posibilidad de cometer una tremenda equivocación siempre está al acecho, pero tiene pleno derecho a la satisfacción aquél que se atreva a explorar una posibilidad de futuro que, en caso contrario, habría permanecido en insípida condición de hipótesis. Así pues,

salgamos a la caza de nuestra Tailandia.



Playas de Koh Samui

martes, 22 de junio de 2010

( Colibrí )

La ventana
deja caer el mundo.
Aire, color, acción
despiertan
con el permiso
de la cortina.

El asfalto no basta
para imponerse al ruido
ni maniatar al caos.
Pero entre franja y franja
de demencia,
serenos eslabones
mantienen viva
la esperanza.

Sé dónde se esconde
la poesía:
como un espectro
juguetón,
nos roza primero
la nuca
para existir
ante los ojos
por medio segundo
tan sólo.
Vive de la velocidad.
Aprende a cazarla.

domingo, 20 de junio de 2010

Piezas de coleccionista

El sustantivo "libro" parece en ocasiones un traje demasiado pequeño para una magnitud inconmensurable. Dos mas dos no siempre son cuatro. Cada uno ha encontrado sus joyas literarias en particular; maravillas que poseen la facultad de introducirse silenciosamente en nosotros y no abandonarnos jamás. Verdaderas inyecciones de luz.

Con vuestro permiso, citaré algunos de los títulos que más han significado para mí. ¿Qué tal si me echáis una mano mostrándome vuestra colección particular?

(Muchas, muchas felicidades a todos los licenciados. Si algún día me paso por Altea, buscaré vuestras huellas).

Trópico de Capricornio, de Henry Miller. En este blog se ha propuesto un acertado título para un género literario que, de hecho, tiene una larga e influyente tradición en la historia de la literatura: "el vómito existencial". En ese terreno, Miller era un auténtico emperador. Su inimitable prosa lleva la audacia, la desvergüenza, el patetismo y la honestidad artística hasta las últimas consecuencias. El cuadro resultante es una crudísima fusión entre realidad y ficción. Un rara avis tan devastadoramente atrevido que traspasó las barreras de la censura y de la supuesta exclusividad underground.

La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa. La novela que salvó mi vida (no creo que interese saber por qué), y en mi opinión, lo más cercano a la perfección novelística. A sus veinticinco años, Mario daba un brillante pistoletazo de salida a lo que a la postre sería una carrera literaria tan prolífica como inmaculada. Cada uno de sus libros supone un nuevo reto, una nueva ruptura temática y estilística con respecto al anterior, una nueva gema.

El ruido y la furia, de William Faulkner. Creo que, hasta que este libro no pasó por mis manos, no tomé conciencia de cuantas posibilidades narrativas ofrecía la prosa. Faulkner desguaza el tiempo y el espacio, abriendo paso a una nueva percepción del interior del ser humano. Prohibido leerlo con ruido de fondo.

Tres rosas amarillas, de Raymond Carver. O cualquier otro libro de relatos de este espléndido narrador; me da lo mismo. En realidad, la gran mayoría de obras literarias subordinan el quid de la narración en favor de un punto de vista o un uso determinado de lenguaje; pero el realismo de Carver es directo, crudo, casi un bosquejo. A veces, las más grandes historias residen en vidas grises y miserables. Carver lo sabía.

Esculpir en el tiempo, de Andrei Tarkovski. Considero al ruso como uno de los pocos y verdaderos genios que ha dado la historia del cine. Empecé a leer el libro pensando que sería un tratado sobre su vida y su obra, pero me encontré con una aproximación casi filosófica a la verdadera profundidad del arte; una disertación sobre la función del artista y su legítima función en el mundo. Revelador. Cada vez que leo unas pocas páginas me siento un hombre nuevo.

Zen en el arte de escribir, de Ray Bradbury. La única y verdadera joya en toda esta lista. El libro duerme conmigo noche tras noche. Y en momentos difíciles me obligó a mirar al frente y recordar que, después de todo, amo la vida. C'est fini.

miércoles, 2 de junio de 2010

Cartas a un joven poeta

Estimados compañeros de escritura:

Disculpadme por el tiempo que he pasado sin aparecer ni dejaros comentarios. Os diré, no obstante, que sigo entrando cuando puedo y leo todos vuestros textos. A pesar de no haber caminado con vosotros por las calles de ninguna ciudad, habéis conseguido que os eche de menos.

A continuación os dejo una carta del poeta checo Rainer Maria Rilke. La misiva fue una respuesta a otra carta de Franz Kappus, por entonces joven aspirante a poeta, que se animó a escribir a Rilke expresándole su admiración y pidiéndole consejos para mejorar su escritura. La he leído esta mañana y me he acordado inmediatamente de vosotros. Estoy seguro de que le sacaréis un grandísimo partido a su lectura, tanto por lo que corresponde al aspecto creativo como al vital.

Un fuerte abrazo.


PARÍS, 17 DE FEBRERO DE 1903

Distinguido señor mío:
Su carta me ha alcanzado hace sólo pocos días. Quiero darle las gracias por su grande y afectuosa confianza. Apenas puedo hacer otra cosa; no puedo entrar en lo que son estos versos, porque estoy demasiado lejos de toda intención crítica. No hay cosa con la que pueda tocarse tan escasamente una obra de arte como con palabras críticas: siempre se va a parar así a malentendidos más o menos felices. Las cosas no son todas tan palpables y decibles como nos querrían hacer creer casi siempre; la mayor parte de los hechos son indecibles, se cumplen en un ámbito que nunca ha hollado una palabra, y lo más indecible de todo son las obras de arte, realidades misteriosas, cuya existencia -al contrario que la nuestra-, perdura.

Adelantando esta advertencia, sólo puedo decirle, además, que sus versos no tienen una manera de ser propia, pero sí son callados y escondidos arranques hacia lo personal. Con máxima claridad lo percibo esto en la última poesía, Mi alma. Ahí, algo propio quiere llegar a ser palabra y mediodía. Y en la hermosa poesía A Leopardi crece quizá una especie de parentesco con aquel gran solitario. A pesar de eso, estos poemas todavía no son nada por sí mismos, nada independiente, ni aun el último y el dedicado a Leopardi. La amable carta que usted acompaña no deja de explicarme algunos defectos que noté en la lectura de sus versos, sin poder darle su nombre propio.

Pregunta usted si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes ha preguntado a otros. Los envía usted a revistas. Los compara con otros poemas, y se intranquiliza cuando ciertas redacciones rechazan sus intentos. Ahora bien (puesto que usted me ha permitido aconsejarle), le ruego que abandone todo eso. Mire usted hacia fuera, y eso, sobre todo, no debería hacerlo ahora. Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, nadie. Hay sólo un único medio. Entre en usted. Examine ese fundamento que usted llama escribir; ponga a prueba si extiende sus raíces hasta el lugar más profundo de su corazón; reconozca si se moriría usted si se le privara de escribir. Esto, sobre todo: pregúntese en la hora más silenciosa de su noche: ¿debo escribir? Excave en sí mismo en busca de una respuesta profunda. Y si ésta hubiera de ser de asentimiento, si hubiera usted de enfrentarse a esta grave pregunta con un enérgico y sencillo debo, entonces construya su vida según esa necesidad: su vida, entrando hasta su hora más indiferente y pequeña, debe ser un signo y un testimonio de ese impulso.

Entonces, aproxímese a la naturaleza. Entonces, intente, como el primer hombre, decir lo que ve y lo que experimenta y lo que ama y lo que pierde. No escriba poesías de amor; apártese ante todo de esas formas que son demasiado corrientes y habituales: son las más difíciles, proque hace falta una gran fuerza madura para dar algo propio donde se establecen en la multitud tradiciones buenas y, en parte, brillantes. Por eso, sálvese de los temas generales y vuélvase a los que le ofrece su propia vida cotidiana: describa sus melancolías y sus deseos, los pensamientos fugaces y la fe en alguna belleza; descríbalo todo con sinceridad interior, tranquila, humilde, y use, para expresarlo, las cosas de su ambiente, las imágenes de sussueños y los objetos de su recuerdo. Si su vida cotidiana le parece pobre, no se queje de ella; quéjese de usted mismo, dígase que no es bastante poeta como para conjurar sus riquezas, pues para los creadores no hay pobreza ni lugar pobre e indiferente. Y aunque estuviera usted en una cárcel cuyas paredes no dejaran llegar a sus sentidos ninguno de los rumores del mundo, ¿no seguiría teniendo siempre su infancia, esa riqueza preciosa, regia, el tesoro de los recuerdos? Vuelva ahí su atención. Intente hacer emerger las sumergidas sensaciones de ese ancho pasado; su personalidad se consolidará, su soledad se ensanchará y se hará una estancia en penumbra, en que se oye pasar de largo, a lo lejos, el estrépito de los demás.

Y si de ese giro hacia dentro, de esa sumersión en el mundo propio, brotan versos, no se le ocurrirá a usted preguntar a nadie si son buenos versos. Tampoco hará intentos de interesar a las revistas por esos trabajos, pues verá en ellos su amada propiedad natural, un trozo y una voz de su vida. Una obra de arte es buena cuando brota de la necesidad. En esa índole de su origen está su juicio: no hay otro. Por eso, mi distinguido amigo, no sabría darle más consejo que éste: entrar en sí mismo y examinar las profundidades de que brota su vida: en ese manantial encontrará usted la respuesta a la pregunta de si debe crear. Tómela como suene, sin interpretaciones. Quizá se haga evidente que usted está llamado a ser artista. Entonces, acepte sobre sí ese destino, y sopórtelo, con su carga y su grandeza, sin preguntar por la recompensa que pudiera venir de fuera. Pues el creador debe ser un mundo para sí mismo, y encontrarlo todo en sí y en la naturaleza a que se ha adherido.

Pero quizá, después de ese descenso en sí y en su soledad, deba renunciar a llegar a ser poeta (basta, como he dicho, sentir que se podría vivir sin escribir para no deber hacerlo en absoluto). Sin embargo, tampoco entonces habrá sido en vano este viraje que le pido. En cualquier caso, a partir de ahí, su vida encontrará caminos propios, y le deseo que sean buenos, ricos y amplios, mucho más de lo que puedo decir.

¿Qué más he de decirle? Todo me parece subrayado como es debido. Para terminar, sólo querría aconsejarle todavía que vaya creciendo tranquilo y serio a través de su evolución: no podría producir un destrozo más violento que mirando afuera y esperando de fuera una respuesta a preguntas a las que sólo puede contestar, acaso, su más intimo sentir en su hora más silenciosa.

Ha sido para mí una alegría encontrar en su carta el nombre del profesor Horacek. Conservo hacia ese sabio, tan digno de afecto, un gran respeto y un agradecimiento que perdura a través de los años. Si usted quiere, le ruego que exprese mis sentimientos; es muy bondadoso por su parte que todavía me recuerde , y sé apreciarlo.

Los versos que tan amistosamente me ha confiado se los devuelvo ahora. Y le vuelvo a agradecer la grandeza y la cordialidad de su confianza, de la cual, mediante esta respuesta sincera, dada según mi mejor saber, he tratado de hacerme un poco más digno de lo que, como desconocido, soy realmente.

Con toda cordialidad y simpatía,

Rainer Maria Rilke

jueves, 20 de mayo de 2010

Real Academia Española de las Chustas


"Pablollo", le dije. "Descríbeme la mirada de Lola".

Un recatado trazo de orgullo se dibujó entre la espesura de su perilla. Por supuesto, no habría esperado menos de él. Se irguió y, con un paso adelante, rompió el círculo que formábamos para comenzar a leer directamente de un legajo amarillento que alguien había rescatado tarde del mar.

Galope
canalla
entre recodos
de tango,
canción de niña
en ángulos
agudos
de mujer.
Miente
la aguamarina
de sus pupilas
capciosas,
pero el alma
esférica
de sus versos
aúlla
la Verdad.


"Ahora, Lola, cuéntame cómo ves a Mostaza".

Pablo le entregó el papel a nuestra compañera y regresó a su sitio. La Lola, sentada en cuclillas, sostuvo largo rato el lápiz entre los dientes mientras el fuego de la hoguera se espejaba en una mirada burlona, latente a la vez de callado ingenio, que apuntaba al cielo oscuro como si allí pudiera encontrar una solución para los aún imprecisos versos que se formaban en su coleto.

Cuando el cuerpo más teme a la noche
(y la noche más adora al cuerpo),
un muy barroco deseo de fuga
rememora con fiereza los "pudo ser",
saborea con placer los "ojalá sea"
y llora en calma por los "nunca será".



A Mostaza tuvimos que disuadirla de que no se sirviera el cuarto vaso de vino. Trazaba sus palabras con tal mimo, con tal persistencia en la corrección y en el equilibrio de la forma, que por un momento temimos que su descripción sobre Aponia debiera postergarse hasta el próximo invierno.

Como un jinete desterrado al que morir no le asusta,
su único faro de guía es un plenilunio ardiente
como el de su frente enérgica y su voz adusta
que bajo la luna encuentra, para su prosa, una simiente.


El reposado ritmo de las escribientes anteriores quedó enteramente roto cuando Aponia alcanzó el papel. Nos fascinó contemplar la despiadada velocidad con la que, presa de un entusiasmo sólo comparable con el de un niño en una mañana de Navidad, la muchacha construía su particular impresión del Humilde Redactor.

Orgullosamente le das la espalda a las voces venenosas que te rodean. Siempre buscando la claridad, la lucidez, limpiando el mismo cristal una y otra vez, una y otra vez, como el de tus gafas cuando miras con rabia a la ya intoxicada noche de Altea. Bendita serenidad en la piel devorando a la condenada pasión entre los huesos. Ármate de tu mejor sentido del humor para aniquilar la amargura que aletea bajo las pestañas, y recarga siempre ese arsenal, y mañana dispara otra vez, y pasado dispara otra vez...


"Chus, ¿qué diablos haces? Te toca escribir una visión sobre mí".
Se giró con su inquebrantable sonrisa mientras se mesaba la barba. "Tendrá que ser otro día, Lars. Estoy algo ocupado con mi última digresión sobre la coexistencia social aplicada. Hazte un favor y escribe tú unas líneas para Pablollo."

De modo que me puse en pie y di carpetazo a toda aquella locura.

Muchacho, yo no sé qué sangraba el cielo cuando abriste los ojos por primera vez; y tampoco sé quién te ha enseñado a mirar así el vuelo de las golondrinas bajo el cielo de Altea. A veces creo que Calderón de la Barca tenía razón y que esto no es más que un sueño, un impredecible e indescifrable sueño, y tú no estás ahí sino que yo imagino que estás ahí porque, al fin y al cabo, necesito que estés ahí. Vayas donde vayas, camines por donde camines, hazme el favor de marchar con mi laica bendición. Tú, y también Lola, y Mostaza, y todos los que me habéis acompañado esta noche. Que nadie os diga jamás lo que debéis hacer. Que sean vuestras letras las que escriban por vosotros. Que la vida se rinda a vosotros hasta que hayáis llegado a su mismo tuétano. Salud, damas y caballeros.


Los primeros dedos blanquecinos del alba descendieron por el monte. Elevamos los ojos al cielo mientras el perezoso cántico de la hoguera moría bajo las mismas brasas que atestiguaban su fatua existencia. Las botellas de vino yacían desperdigadas a nuestros pies, derramando sus últimas gotas sobre la superficie muerta del páramo. Podía decirse, supongo, que era un nuevo día.

lunes, 17 de mayo de 2010

Réquiem por un suicida feliz

Y el hombre, siempre inconsciente de la repercusión de sus propias acciones, siempre desconocedor del verdadero alcance de sus virtudes e incluso de cuales podrían ser estas, siempre ignorante respecto a la verdadera función por la que pudo venir a parar a este mundo, siempre comportándose cual tierno infante a su biberón apegado o cual bogabante que se muerde la cola, siempre castigándose a sí mismo con invenciones que en un principio deben servir para cubrir una necesidad pero que siempre terminan por subproducir necesidades y caprichos adicionales, siempre procurando darle la espalda a la realidad y olvidarse de los verdaderos problemas presentes en su entorno y en él mismo, siempre aferrado a la necesidad de sostener algo con la mano izquierda mientras trabaja con la derecha, siempre empeñado en perfeccionar un signo distintivo que reafirme un muy superficial magnetismo, siempre obligado a justificar con vanas excusas su incapacidad para desarrollar el pleno potencial de su cuerpo y de su mente, siempre apropiándose sin contemplaciones de todo recurso que la naturaleza dispuso en sabiduría, siempre fácilmente complacido con su diario instante de esparcimiento en el que reposa sus extremidades traseras sobre la mesa y decide dedicar unos minutos para su entera y gozosa abstracción, giró la ruedecilla del mechero y dedicó unos minutos adicionales al inefable placer de matarse.



El dibujo proviene de una verídica campaña publicitaria que Lucky Strike lanzó en navidades de 1930.

martes, 11 de mayo de 2010

Esquela de un desgraciado hijo de puta

Suena la corneta y el pelotón se pone en marcha. Todo movimiento ha sido minuciosamente estudiado: fusileros, artilleros y caballería saben cuando han de proceder, qué centímetro de tierra ocupar. Desde la retaguardia, el general observa la disposición de la tropa prismáticos en mano, mientras una corriente de orgullo le insufla el pecho. Sus hombres están poniendo en la práctica la culminación de un exhaustivo estudio matemático en el que hasta el más insignificante detalle ha sido tenido en consideración. Cuando las filas frontales levantan sus armas, cuando el grupo entero se dispone a consumar el momento histórico en el que la perfección quedará vertida en forma de operación militar, este hombrecillo con gafas se planta en medio del terreno y, ante la atónita mirada de los soldados, exclama:

"No, no, por favor... ¡esto está mal! ¡Lo estáis haciendo mal! ¿Es que no os dáis cuenta?"

Este sujeto, primero de su promoción en el grado de Comunicación Audiovisual, responde formalmente al apelativo de crítico.

No debiera extrañarnos el haberlo encontrado en esta situación alegórica. Sus compañeros de gremio se ganan la vida destrozando filmes, obras de teatro, discos de música y pinturas postmodernistas. Nuevos tiempos exigen nuevas categorías de críticos, centrados en aplicaciones más prácticas tales como el diseño de lámparas o la disposición táctica de un grupo de combate.

La única regla común y esencial para el crítico es que la materia reseñada debe estar fuera de su competencia. El crítico no puede permitirse el lujo de participar en el acto: debe colocarse tras una esquina, armarse con sus propios prismáticos, devolverle la mirada al orgulloso general... y evitar que toda la mierda le salpique una vez colocada la dinamita.

Admiremos sus mayestáticas virtudes, incluyendo la sumarísima acidez prosística, la capacidad para convertir un concepto incomprendido en una frase ingeniosa, el hábil uso de cultismos para cumplimentar con el número mínimo de letras por reseña, y la ardua tarea que supone considerar la palabra propia como absoluta e irrefutable. Estos hombres, hábilmente camuflados tras la opacidad de sus máquinas de escribir, soportan día a día el peso de considerarse deidades influyentes cuyos mandatos jamás pueden ser puestos en cuestión.

Si alguno de nosotros fuera lo suficientemente estúpido, cometeríamos la imprudencia de entregarle al crítico la batuta para que demuestre si realmente sabe dirigir la orquesta a la que ataca con tanta saña. Perderíamos el tiempo: su ética profesional le ampara. No tiene absolutamente nada que demostrar: tal que el más efectivo de los dictadores, se contenta con remover conciencias desde la lejanía.

Brutal carga moral la que soporta nuestro héroe día tras día. Sus inmediatos superiores le educan para que no disfrute del arte. Su función consiste en desenmascarar el mismo halo de misterio que convierte todo metal en algo hermoso, que mire con lupa lo que está hecho para contemplar desde lejos. ¿Podrá nuestro héroe dormir bien por las noches? Tal vez con una generosa remuneración, digamos trescientos euros por artículo... tal vez...

Quizá debiéramos ser compasivos con él. La tropa, desde luego, no piensa así: ni siquiera necesita una orden del general para freirlo a balazos y continuar adelante.

lunes, 12 de abril de 2010

Este es el resultado

Sigue siendo fascinante el comprobar cómo el alma del artista- ese crisol de inquietudes, pasiones y cruzadas del corazón- siempre termina esculpiendo un universo propio que arrebata la propia identidad del creador, logrando que no lleguemos nunca a conocer al hombre, sino a su fondo; y que todos nuestros interrogantes choquen ante la impenetrable planicie de sus fotografías y sus retratos, blindados por la magnitud y la masa de sus propias obras.

Conocer a Lovecraft, póngase por ejemplo, es ya imposible. Todo tentativa de aproximarse a las particularidades de su vida privada queda anulada por su expreso deseo de refugiarse tras el papel. Las innumerables cartas y biografías resultan insuficientes para desenmascarar a este heroico freaky que, bajo el aterrador clasicismo de su pluma, redujo a la humanidad al tamaño de un guisante. Asimismo, el pordioserismo desvergonzado de Bukowski queda más representado por el propio contenido de sus textos, brutales y provocadores, que por las consabidas anécdotas de su biografía. Nunca veremos a Kafka o a Pessoa realizando un discurso, pero la esencia de sus pensamientos, la veracidad de sus genuinas filosofías están ahí, latentes en sus relatos y en el fondo de sus vetustos baúles.

Resulta de lo más placentero navegar de autor en autor, de estilo en estilo, de época en época, y descubrir así un apasionante conglomerado de identidades, de miradas, de formas de entender la vida. Los distintos arcos del arte componen, entrelazados, un diáfano reflejo del carácter humano, tan heterogéneo, imprevisible, inclasificable, irrepetible.

Ese mismo hecho me hace disfrutar como un loco cuando descubro, quizá bajo la enmohecida trampilla de un cabaña abandonada, que lugares como este espacio siguen vivos. En la Chustería unos afilan el mango de su sarcasmo y su ironía, estos regurgitan la malevolencia de sus neurosis nocturnas, aquellos atrapan su compleja captación de la realidad en la armonía de unos pocos versos... unos gritan, otros susurran; en suma, todos confiesan. Este es también un hermoso espejo para la humanidad.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

La croisade

"Supongo que lo descubrí cuando fui al internado. Allí aprendí que el hombre es malo por naturaleza, y que hay que aprender a defenderse. Aprendí que hay que luchar todo el tiempo, sobre todo siendo niño. Estoy hablando de luchar, es decir, darse palizas, lucha física".

Michel Houellebecq


Llega una edad en la que, mansamente, se acepta la idea de la inconsistencia de la felicidad. Mansamente, porque en el fondo no existe otra opción, salvo quizá la de fingir que no la hemos aceptado. Es una rendición espiritual que, al adelantarse por mucho margen a la física, ejercemos de forma prematura. Nunca deja de asombrarme la habilidad con la que la gente niega haber capitulado espiritualmente, y prosigue su camino esperando a la felicidad no ya como estado definitivo y continuo, sino como estado efímero y oscilante: la breve recompensa para la angustia con la que hemos tenido que lidiar. Se busca un laurel de quince minutos de duración.

Muchos creen que conseguirán retener ese laurel en el momento de la expiración, pero esto no suele suceder. La mayoría de los seres humanos mueren con poca dignidad, negándose a retirarse silenciosamente; incapaces, sobre todo, de aceptar la idea de marcharse sin haber dejado huella. De por medio, queda un mosaico de vivencias y sensaciones -a menudo distorsionados por caprichos de la memoria- que no puede legarse a nadie. Suponiendo que ese será nuestro final más probable, lo lógico es preguntarse qué demonios hacemos aquí.

Pero no hay respuesta. Es la única pregunta que no la tiene, porque al igual que sucede con la felicidad, no existe un estado ni una respuesta definitiva, sino una respuesta constante; una revelación que empieza desde este preciso momento y se expande a cada paso, a cada pensamiento, a cada parpadeo. La razón de ser de la existencia no puede comprenderse en sentido unidireccional, sino en sentido absoluto. Se encuentra en la lectura de todo libro, en la escucha de toda canción, en el flujo de toda conversación, en la ira de toda discusión. La "gran respuesta" no se alcanza, sino que se posterga: de algún modo nos acompaña, aunque marche siempre unos metros por delante. Por eso los filósofos han atacado sin piedad a sus inquietudes y preguntas en lugar de encogerse de hombros. El porqué siempre representa un preludio para nuevas capas de información que poco a poco se van separando, revelando tras ellas todo un panal de preguntas que a su vez conducen a panales más anchos. Es abrumador saber que nunca terminarán las preguntas, pero alentador el saber que siempre habrán nuevas respuestas. Se vive para invadir la verdad, no para tantearla.

Y de hecho, esta es una magnífica manera de ocupar el tiempo, de vivir con el cerebro desengrasado. Me irritan las palabras -muy auto-propagandísticas, por cierto- de Houellebecq porque transmiten una pseudofilosofía confusa, alienada, según la cual el hombre debe vivir en posición de guardia, siempre dispuesto a reclamar su espacio vital. Pero lo cierto es que los puños sólo sirven para romper la mesa. Mientras la lucha física deforma la materia, la espiritual la separa parte por parte hasta comprender definitivamente la razón de ser del conjunto. Para todas las cuestiones que atañen tanto a la vida como a la muerte, esa es la única cruzada que vale la pena. La lucha física deja cicatrices y cardenales. La espiritual, arrugas y luces. Un sinfín de luces.

lunes, 16 de febrero de 2009

Manifiesto

Quisiera olerte. Sé que estás ahí, en algún rincón del crepúsculo de este sótano. ¿Porqué no me tiendes la mano? Juntos podríamos hacer lo extraordinario. Recorrer, por ejemplo, galerías imposibles en la ciudad de los Inmortales de Borges. Hacer gárgaras en algún mar volcánico de Júpiter, allí a lo lejos. ¿Qué tal destrozar llantas de aluminio en toda una hilera de Lamborghini's? Se me ocurre una mucho mejor, compañero: asaltar la reserva del 68 y entrechocar los nudillos, somos los inconquistables, la quinta de San Juan, ¡ofensiva tutu-pá! Quisiera gritarte al tímpano mismo que el camino es, se mire como se mire, permanentemente blanquinegro. Más de uno es, por naturaleza, incapaz de descoyuntar ese puta tiniebla, este hedor a yodo que hoy y siempre nos envuelve. No es ese tu caso. Devuélvele al caos su carcajada. Saca tu mejor espejo y haz que la luz de su propio astro corrupto les convierta a todos en piedra. Siempre te admiré por el sentido del humor que salía de tu chistera. Por ser capaz de barajar un mazo con los ojos cerrados. Pienso en ese tipo que se tambaleaba entre mis brazos en el parque de Canalejas, ebrio y contento como una castañuela, y no soy capaz de relacionarlo con lo que acabas de escribir. Pienso en una coleta rubia que desafía al horizonte, que duerme a la intemperie, que destroza noches a balazos, enfundada en una inmejorable escenificación del Quijote. Acuden a mí, como peces de colores, las memorias cojas del Lloixa. Como una obra de teatro. Con sus secundarios, sus entreactos, un telón verde de fondo, monólogos, antagonistas, circos. Y el soberbio aplauso del público que ha enmudecido con la simple presenciación de una historia, tu historia; miles de rostros que empequeñecen al lado de la huella que allí dejaras. Les has dado un soberbio hostión. Abre tu mano un poco más, deja que la sientan en sus caras. Grítales: "¡Yo os enseñaré!". Y verás un racimo incontenible de flores besándote los pies.

Es muy fácil, compa. Bájate un momento al garito y te cuento. Invita la casa.

Por si no te has dado por aludido, Humilde Redactor, va por ti.

domingo, 25 de enero de 2009

Babilonia y el moho

"La gente cree que el vacío es la nada, pero no lo es. El vacío es una plenitud discordante, un mundo atestado de fantasmas en el que el alma hace un reconocimiento".

Henry Miller, Trópico de Capricornio


Es lo que se siente en las noches de San Antonio de Benagéber, bajo esa luna como único punto brillante en el desolado páramo. Los jardines y las terrazas escupen eructos de buenas comidas, tenedores de plata, papel higiénico de terciopelo perfumado. Las estrellas difunden, sobre la superficie de las piscinas dormidas, el reflejo de un brillo solitario y suicida; nadie las atiende. Canto para ti y despierto a toda la comunidad, que pretende acallar al piojoso intérprete lanzándole sus trastos viejos y sus hijas fracasadas para que se tomen un baño con él.

¿Buscáis un texto con fondo filosófico, humano? Pasad página. Para vosotros no tengo más que un cubo lleno de vómitos. Los días se suceden en una insufrible conspiración llamada a roerme los huesos. Veo pasar inútiles con sus perros a cuestas; creen que los están sacando a pasear, pero son los perros quienes les calzan correas a ellos. A veces me pierdo por esta Babilonia mugrienta de urbanizaciones; cerca de un claro se extiende una pequeña masía que parece una torre de observación. Tintineo de llaves: una mirada perdida, una corza en el rebaño equivocado. Es castaña, delgada, lleva una edición de bolsillo de Saramago bajo el brazo. La riñen por haber llegado tarde. Ella escupe sobre las rosas, las pisotea, las embadurna con una bilis sangrante y no quiere contener la hemorragia. La gacela quiere huir de este rebaño pero no la dejan: creen que la calle la destrozaría. Si no fuera hija única, hace años que la hubieran dado por perdida.

Hay una brecha en la fortaleza: el flanco noroeste del muro no tiene verja. Un hijoputa como yo la podría saltar al instante. El azar entra por el túnel de lavado y se cubre el rostro con jabón: un robusto naranjo está erguido y cruzado de piernas al costado de la única ventana que reluce en el segundo piso. De pronto soy felino y tengo la luna mucho más cerca: reluce por el lado que nadie limpia, así que el pueblo no está iluminado, sino que lo abriga una especie de aura mohosa, olor a calcio roído. Salto al batiente, dos golpes al cristal. La cortina se desliza y ella casi se muere del susto.

Pero, amor, ¿no ves que no es necesario explicarte quién puñetas soy y qué diantres hago aquí? El tiempo y el espacio me han permitido llegar hasta aquí, así que ábreme. Bajo la puerta de su cuarto se introduce una oscuridad desprevenida y el eco de unos ronquidos resuena por toda la villa. La habitación es esférica y yo soy el nuevo eje que dejará de sostenerla. Cuántos libros, chèrie. ¿Te gusta mucho Saramago? Ajá. ¿Qué me cuentas de ése que escondes bajo las faldas?

Toneladas y quintales de plomo ardiendo. Una lluvia de coral reflectante, una explosión de incienso, y finalmente el ruido de una ola rompiendo contra la presa. Ella encaja perfectamente entre mis brazos y, además, posee una gran conversación... hasta que se apaga lentamente como una batería y cae rendida. Mañana por la mañana tendré tiempo de salir y observaré que la luna muestra su otra espalda. Me encanta limpiarle las telarañas a las familias bien.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Tequila - noches de bohemia -

Las tropas de asalto de ‘La Chustería’ tomaron la plaza de toros, y se afincaron en sus otrora arenas –esa noche no era más que un lodazal – para dispersar sus charlas a medio camino entre Nietzsche y el desespero amoroso, o la carencia de sexo, o las amistades fantasmas que revolotean en el nido de la nostalgia. Palabras perdidas en un callejón sin salida que a fuerza de sorbos en plástico se difuminan, se despojan de su contenido y se vuelven pasión hervida en lúpulo de cerveza, se enredan en filamentos de lluvia.

Allí yace, en algún hoyo de esos recuerdos amorosos, Chus y su aire distraído mientras devora todo lo que el Pans & Company puede dar de sí. Arturo con su torrente de cultura se abre paso entre la muchedumbre y ocupa su puesto de vigía a unos veinte metros del escenario, se arremanga las perneras del pantalón cuando éstas ya chorrean caldo de fango. Dice algo sobre Moby Dick. Igual que el titánico mamífero albino, surge en escena una especie de monstruo musical con la panza al aire, si bien ‘La Casazul’ no es la clase de bicho que uno moriría por cazar. Chus está a punto de lanzarle un arpón, pero tras unos fusilables sesenta minutos –en los que las jarras de Águila Amstel se solidarizan con nuestro pertinaz hastío -, lo que toca no es ya un mamífero sino un híbrido; una conjunción de la canción revolucionaria, la estética valenciana unidimensional (y por suerte, limitada a sus propias fronteras) y un sosainas con trompeta a la izquierda.

‘¡La virgen! ¿Qué es eso? ‘profiere el marinero de segunda Lars, quitándose el parche del ojo como si acabara de descubrir a la Virgen. ‘Orxata Sound System’, replican. Es cierto que emana una luz excéntrica de la tarima: quién sabe si sus ‘Ofensivas Tu-tu-pa', a la postre convertidas en el himno de la velada, tienen algún significado oculto, o si el bajo esconde una bola de cristal, o muñecos vudú, entre las cuerdas. Lo que al principio se mira con desconfianza se convierte en la puesta a punto del motor. Luz verde. Estamos listos para desembarcar en Buenos Aires…

Al mirar atrás distingo un auténtico hormiguero poblando la totalidad de la plaza de Játiva. Y me doy cuenta de lo absurdo, por insignificante, que es el foco de mis ojos así plantado en el eje del caos arenoso, donde somos apenas un par de sellos más en una larga hilera de almas que llega hasta los astros y regresa; donde cualquier grito, estornudo o abrazo se confunde en miles de réplicas semejantes que, milagros de la vida, son únicas e inigualables bajo el prisma de cada uno. Es él; sin duda: nunca un metro sesenta y cinco dio para tanta maravilla en cinco cuerdas. Tequila ya ha comenzado a propagar sus intenciones de rockanrolear la plaza del pueblo, los puños se estiran para cazar la corriente que implosiona en los dientes del cantante (con boina verde pistacho incluida), ese magnetismo que canalizan los altavoces y deja sin roncar a media ciudad. Entre medio habrá alguna visión de muchacha soltera en medio del rebaño, visión que mi status de lobezno no puede pasar por alto. Allá un vestido negro y una lengua que relame el sabor purpúreo de sus propios labios, acá un par de desprevenidas con litros de Smirnoff de punta a punta… ¿Y arriba? Pues el genio de la lámpara, el amo de la facilidad, la delicia de unos dedos que grácilmente fecundan la magia de lo insondable, lo inalcanzable, en el vientre de cinco mil almas que se comprimen en un solo coro. Nena, Dime que me quieres… para cuando el cantante ha revelado el nombre de sus compañeros y también su incipiente calvicie, la plaza entera se tambalea y las gradas caen al suelo, hechas cascotes; y el cielo se resquebraja para dar cobijo a una masa enfervorecida que capaz sería de pasar toda la noche sin otra cosa mejor que Saltar.

Para las tropas de este ejército de bohemios que permanecieron en la retaguardia, y estoy refiriéndome a Marquitos, Ilitia y cualquier incauto que ose pisar estos cenagales: sabed que os tuvimos entre las manos cuando vaciamos la corrosiva absenta de un trago –y claro está, repetimos -; cuando dejamos impronta de nuestro voltaje en las ya-no-se-cuántas salas y pubs y avernos nocturnos llegamos a visitar. Hay algo de maravilloso en todas estas noches; que tuvieron en este caso su germen en una vieja amistad (Cómo te quiero, tronco), y su culmen en el ácido de batería que nos sirvieron en un bar regentado por Hell’s Angels. En ese extraño teatro de improvisación que es el barrio del Carmen, donde una chica restaba como exhausta en un sofá – ‘he estado a punto de darle la extremaunción’, apuntó Chus al verla -, y grupos de extraños salidos de la llovizna te piden que los lleves a tal y cual lugar; donde tres viejos amigos se reúnen y cierran un nuevo capítulo de su particular obra maestra, llamémosla Vida. Un aplauso para estos intrépidos polizones. ¿Qué es lo que flota a la deriva, timonel? Probablemente otra noche de concierto igual de bien transitada.

viernes, 17 de octubre de 2008

- Paisaje- (Nuestros nombres)

En lo alto del cerro, junto al chopo mayor, Ilitia lanza racimos de pienso a una góndola que recita versos de Keats. Ella tiene un morral adosado a la cintura; y se asoman, como si nos guiñaran un ojo indiscreto, vestigios de Nietzsche, Hume y un compilatorio de García Márquez. Alguien se aproxima,

el Humilde Redactor enfila un flanco de la colina. Se ha quitado las lentes y trae consigo los ecos de Bunbury, los Trogloditas, tibios borrones que revolotean por detrás de su cuello. Recoje las memorias de un autobús al paraíso, una corriente agria con efervescencia de Altea, un traje de Don Quijote en la sala de actos del Lloixa. Milagros. Los pies desnudos dejan un tenue rastro que retrocede al malecón;

entre dos rocas húmedas, un lápiz danza sobre un papel convertido en pergamino. En ese amarillo de los meses, surge un alocado remolino de visiones, roces, susurros. Lars apoya el lápiz en su labio inferior y tamborilea sobre el papel tembloroso, mientras contempla a la benjamina y al bohemio – así los bautiza en su delirio improvisado-. Después tuerce la vista al vértigo del acantilado,

donde Marquitos acaricia una guitarra que vibra al son del un bello atardecer. El horizonte tiene el color de un Blues y respira con honda tranquilidad. Salvo algunas mariposas, espejos del arcoiris, nada más se mueve.

sábado, 4 de octubre de 2008

un tribut pour notre mère

Oh, música. Tienes unos brazos que sientan mejor que doscientos vinos. Con ese poder, ¿Para qué queremos los hechizos, los misterios? ¿Para qué el vino? Basta con desatarte de las rayuelas que circulean sobre la lustrosa superficie de los discos, o de las cintas pegajosas que se enredan dentro de los antiguos casettes.

Cómo llenas de encanto y juventud nuestros cuartos, incluso cuando cantas odas que tienen los versos empolvados por los siglos. Con tu mística, con tu extraña simpatía que no se toca, ni se huele, ni se ve, confieres a una escena el ánimo que manden tus antojos; pintas de negro las paredes de yeso, enciendes candelas en rincones vacíos. Construyes atmósferas que no pueden morir de forma alguna, ni siquiera de hambre.

Ya es hora de que nosotros, amantes poco dignos, aceptemos la idea: tú eres dueña y señora de nuestro universo. Y la razón es que eres inmune al paso del tiempo, y si vences al paso del tiempo – que es el gran sueño y deseo de todo hombre -, entonces ya no hay dedo de Dios que te tumbe. Aunque aparezca un dictador del aburrimiento, aunque el mundo fuera invadido por una plaga de enemigos de tus haces, aunque arda una Gran Hoguera con todos los vinilos y tocadiscos, nadie podría coser los labios de los millones de soñadores que te eternizarían. Persistirías, como un suave alfiler, anclado en lo más hondo de nuestras mentes; sin necesidad de conocer los nombres de las notas, ni entender de tiempos, escalas, claves ni arpegios, transmitiríamos tu impagable sabiduría a las generaciones venideras. Haciendo uso de los silbidos, del piano imaginario que surca el aire bajo nuestros dedos. Cerraríamos los ojos y te seguiríamos viendo. Porque nada puede hacerte un solo rasguño.

Creo que es la peor de las pesadillas. Un mundo sin música. Una ciudad donde las únicas melodías las escupen bujías y sierras mecánicas; donde los cristales recitan el do-re-mí de las taladradoras y las palas asesinas de las excavadoras; donde la novena sinfonía se compone de chispas de soldador, martillazos, el Canon del taladro, la Oda del cemento, donde el relajante sonido del mar es el sonido del combustible ardiendo.

No existe cosa más gris que ese mundo. Y a veces creo que, si no tuviéramos nuestra música antes de acostarnos, sería el mundo que veríamos todos al mirar por la ventana.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Lacra

“Al recibir tu primer regalo de cumpleaños, están naciendo tus expectativas. Al siguiente cumpleaños desearás otro regalo, y al siguiente un regalo superior al anterior. El año que no recibas lo que deseabas, te sentirás asombrosamente frustrado."

"Desde niños, desde siempre, nos hemos acostumbrado mucho a recibir… y bien poco a dar. He aquí el problema”.

Escuchando palabras como ésta de boca de un monje budista es fácil tener la sensación interior de que miles de gotas ya casi secas vuelven a florecer. Nunca es tarde para echar un vistazo atrás y decidir que, definitivamente, hemos hecho muchas cosas dignas de corrección.
Nuestro camino es una pugna constante por pulir las muchas impurezas que asoman y permanecen. Si estamos hechos de algo, es de errores y desventuras. El orgullo, la euforia, suelen ser pasajeros. Las equivocaciones van de la mano con nosotros hasta el fin.

Cuida tus acciones, cuida tus palabras, cuida tus pensamientos. Son éstas nociones básicas de la doctrica budista, con las cuales no me cabe duda de que todos estamos de acuerdo.Pero mientras ellos dedican gran parte de su esfuerzo en abrillantar el corazón, aquí nos hemos acostumbrado a una cantinela bien distinta.

Cuida tus labios. Cuida tu aliento. Cuida el olor de tus axilas. Dúchate con sales minerales y aplícate cremas exfoliantes. Cuida tus camisas y tus zapatos. Cuida el aspecto de tu piel, escoge un perfume para cada noche y no olvides tus uñas. Ármate con la mejor de las televisiones, posee la más vasta de las neveras, conduce el mejor de los coches.

¿Qué importarán tu felicidad, tus sueños, tu auténtico yo, mientras gastes tu ridículo sueldo en lo que nosotros te dictemos?

Sé la peor fruta bajo la mejor de las pieles.